1. Volviendome loca con dos rayas


El 10 de enero de 2013, a las 6 am y después de una noche sin dormir  (una de las muchas que ya llevaba esa semana), decidí sentarme en el wc y, con las bragas desperdigadas de los nervios y con el predictor en una mano y las instrucciones en la otra, me hice un test de embarazo.  

Unos meses antes, concretamente en agosto de 2012, mi marido y yo nos dábamos el sí-quiero  por todo lo alto. Vamos, estábamos recién casados ilusionados con nuestra nueva casa y con la idea de vivir juntos ya como marido-y-mujer, en nuestro nidito de amor. Si, una estampa muy rosa y con muchos corazones rojos por todos los lados con nuestros nombres escritos (digamos que soy un poco cutre-enamoradiza). 

No habíamos hablado de tener hijos, ni ahora ni en unos años por lo que, encontrarme a las 6 de la mañana con un predictor en la mano, me parecía surrealista. No habíamos buscado, no nos lo habíamos planteado y, encima, nos habíamos cuidado que eso no pasara... ¡¡¡¡Oh wait!!!! Mierda, mierda, mierda, Elo ¿no te acuerdas del día del pedo?. Pues si, nuestro hijo es fruto de un pedo impresionante que sus padres (recién casados e irresponsables) se habían pillado alrededor de Navidad. Ya sabéis, las fiestas cerca, los amigos, la tentación de echarnos unos vinos y unas copichuelas y llegar a casa y olvidarte del cielo, de la tierra y de todo. 

Ahora estoy de 31 semanas y con un pequeño Boyscout (tal y como lo apodó su padre desde que nos enteramos que, nuestro pequeño alien tenia un pepinillo entre las piernas) que me repatea las entrañas día-tarde-noche-y-madrugada. Ahora estoy encantada y Jorge, mi marido, también. Estamos deseosos de romper aguas  y conocerlo porque, lo importante no es como empieza, sino como acaba. 

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